Rummeo comentó al seno del grupo de viejas glorias las tres posibles estrategias a seguir: podían mandar a un emisario que sondeara al grupo de amazonas, también podían tratar de ligar con otro grupo a ver si se estremecían los poldines de las chavalas o bien la vieja táctica de hacerse pasar por gays para ganarse su confianza.
El grupo de babuinos borrachos no captó la palabra “posible” con lo que se lanzó a acometer las tres estrategias a la vez. El banquero barbudo aprovechando el golpazo de testosterona inducido por la entrada de las zagalas empezó a sobetear a Niño bonito el cual no se enteraba de nada ya que estaba ligando con la zorrita de la camarera. Los rumores sobre esos muchachos y sus fiestas privadas con gladiadores sudados ya no parecían ser tanto mito y leyenda. Chico Perro y Papel Cebolla escogieron de entre todos los posibles, el grupo con mayores mortajeras a este lado del hemisferio norte, si llegan a ser un poco más feas podrían forrarse en el circo. Era un espectáculo dantesco ver una bola enana de pelo, indistinguible de un perro lanudo, junto a un tipo que pesa menos de 20 kilos mojado con una única hebra de pelo oscilando con el bailoteo. Las muje….digo las cosas, recién salidas de un casting de Casper, estaban encantadas de la vida pensando que a todo pie le llega su momento de gloria.
A todo esto, Rummeo estaba recuperando su poder poco a poco a base de una ingesta masiva e ininterrumpida de copas de Ron. El regusto a garrafón, muy parecido al sudor seco como de dos días, no le dejaba estar al 100% pero sí le permitía la claridad suficiente como para actuar. Lo mejor era mandar a Monóculo hacia el grupo y que intentara una primera aproximación. El chico a pesar de ser un perturbado mental y de haber dado muestras de clara esquizofrenia en el pasado era muy capaz de tener una conversación interesante cuando de bellas mozas se trataba. Cuando nuestro héroe se disponía a enfilar el ojo caído de Monóculo hacia el grupo, una nueva aparición volvió a dar un giro de 180º grados a la situación.
Una tiparraca de 1,70 cm sentada hizo su espectacular aparición en el bar, ataviada con un cinturón ancho, una camiseta de colegiala con un estampado de conejitos y un chupachups tamaño Koyac para acaparar todas las miradas. Nada más entrar, se relamió los labios y empezó a restregarse con la primera columna que se puso en su camino. Al DJ le salió una nueva pierna con la que pinchar música y un grupo de muchachos sacaron unas sillas plegables para sentarse detrás de la señorita y disfrutar del espectáculo acompañados de un bote de palomitas y un sospechoso Kleenex reposando en las rodillas.
Lo primero que pensó Rummeo es que a su rubia preferida no iba a gustarle dejar de ser el centro de atención y temió por lo que fuera capaz de hacer: ¿usar el hinchador portátil que tenía para los labios?, ¿insistir en subirse las medias que se le caían por debajo de las rodillas en mitad del bar?, ¿cambiarse los zapatos que le hacían daño por los de un camarero? Había muchísima incertidumbre en ese tema, pero lo que ocurrió sin duda no estaba entre sus previsiones. Cuando las dos rubias hicieron el habitual repaso a la sala en busca de las numerosas miradas que recibían, cruzaron su visión con la de Giganta, nada más verla sus ojos se abrieron de par en par y le empezaron a llamar a voz en grito con lo que eso sólo podía significar una cosa: se conocían…. y el mundo nunca volvería a ser como antes.
Entre ellas parecieron darse una serie de sinergias muy extrañas, por un lado el grupo de las rubias más la que tenía problemas con el nudismo y la de los pai pais empezó a bailar de manera desaforada y por otro lado la jugadora de Basket frustrada lo empezó a fichar todo con unos morritos que llegaban a su destino un cuarto de hora antes que su cuerpo. La tensión reinaba en la sala y la incertidumbre era la nota predominante pero eso no amilanó a Rummeo que decidió olvidarse del dolor que le producía el móvil y la cartera clavándose en su protuberante entretela y lanzarse al ruedo como si mañana no hubiera infierno. La posibilidad de que la rubia le hiciera un snaker era grande pero esa chavala se merecía una y varias culebrillas por mucho que sus colegas pudieran reírse de él.
Tardó unos segundos en saltar sobre las tiendas de campaña que se habían formado entre los grupos de tíos, si alguien metía una semilla en ese bar podía germinar en menos de 30 segundos. La hormonada que reinaba en la sala era tal que hubiera hecho las delicias del mismísimo Mendel. Cuando estaba a punto de alcanzar su destino escuchó una frase de la tiparraca alta que casi le hace dar media vuelta: “Me encanta este campamento de nabos, cuando el conejito está cerca la mocha nunca se siente sola” pero no, estaba demasiado cerca para fallar.
Rummeo se puso al lado de la moza, le tocó el hombro y cuando ella se dio la vuelta y le miró….su vida cambió de manera irremisible y para siempre.
¿Cuál es el siguiente paso a dar? Tú decides (si quieres) en la habitual encuesta de la izquierda.
A la misma Bat-hora
Con la misma Bat-señal.
No cambien de canal, aún hay más.
El grupo de babuinos borrachos no captó la palabra “posible” con lo que se lanzó a acometer las tres estrategias a la vez. El banquero barbudo aprovechando el golpazo de testosterona inducido por la entrada de las zagalas empezó a sobetear a Niño bonito el cual no se enteraba de nada ya que estaba ligando con la zorrita de la camarera. Los rumores sobre esos muchachos y sus fiestas privadas con gladiadores sudados ya no parecían ser tanto mito y leyenda. Chico Perro y Papel Cebolla escogieron de entre todos los posibles, el grupo con mayores mortajeras a este lado del hemisferio norte, si llegan a ser un poco más feas podrían forrarse en el circo. Era un espectáculo dantesco ver una bola enana de pelo, indistinguible de un perro lanudo, junto a un tipo que pesa menos de 20 kilos mojado con una única hebra de pelo oscilando con el bailoteo. Las muje….digo las cosas, recién salidas de un casting de Casper, estaban encantadas de la vida pensando que a todo pie le llega su momento de gloria.
A todo esto, Rummeo estaba recuperando su poder poco a poco a base de una ingesta masiva e ininterrumpida de copas de Ron. El regusto a garrafón, muy parecido al sudor seco como de dos días, no le dejaba estar al 100% pero sí le permitía la claridad suficiente como para actuar. Lo mejor era mandar a Monóculo hacia el grupo y que intentara una primera aproximación. El chico a pesar de ser un perturbado mental y de haber dado muestras de clara esquizofrenia en el pasado era muy capaz de tener una conversación interesante cuando de bellas mozas se trataba. Cuando nuestro héroe se disponía a enfilar el ojo caído de Monóculo hacia el grupo, una nueva aparición volvió a dar un giro de 180º grados a la situación.
Una tiparraca de 1,70 cm sentada hizo su espectacular aparición en el bar, ataviada con un cinturón ancho, una camiseta de colegiala con un estampado de conejitos y un chupachups tamaño Koyac para acaparar todas las miradas. Nada más entrar, se relamió los labios y empezó a restregarse con la primera columna que se puso en su camino. Al DJ le salió una nueva pierna con la que pinchar música y un grupo de muchachos sacaron unas sillas plegables para sentarse detrás de la señorita y disfrutar del espectáculo acompañados de un bote de palomitas y un sospechoso Kleenex reposando en las rodillas.
Lo primero que pensó Rummeo es que a su rubia preferida no iba a gustarle dejar de ser el centro de atención y temió por lo que fuera capaz de hacer: ¿usar el hinchador portátil que tenía para los labios?, ¿insistir en subirse las medias que se le caían por debajo de las rodillas en mitad del bar?, ¿cambiarse los zapatos que le hacían daño por los de un camarero? Había muchísima incertidumbre en ese tema, pero lo que ocurrió sin duda no estaba entre sus previsiones. Cuando las dos rubias hicieron el habitual repaso a la sala en busca de las numerosas miradas que recibían, cruzaron su visión con la de Giganta, nada más verla sus ojos se abrieron de par en par y le empezaron a llamar a voz en grito con lo que eso sólo podía significar una cosa: se conocían…. y el mundo nunca volvería a ser como antes.
Entre ellas parecieron darse una serie de sinergias muy extrañas, por un lado el grupo de las rubias más la que tenía problemas con el nudismo y la de los pai pais empezó a bailar de manera desaforada y por otro lado la jugadora de Basket frustrada lo empezó a fichar todo con unos morritos que llegaban a su destino un cuarto de hora antes que su cuerpo. La tensión reinaba en la sala y la incertidumbre era la nota predominante pero eso no amilanó a Rummeo que decidió olvidarse del dolor que le producía el móvil y la cartera clavándose en su protuberante entretela y lanzarse al ruedo como si mañana no hubiera infierno. La posibilidad de que la rubia le hiciera un snaker era grande pero esa chavala se merecía una y varias culebrillas por mucho que sus colegas pudieran reírse de él.
Tardó unos segundos en saltar sobre las tiendas de campaña que se habían formado entre los grupos de tíos, si alguien metía una semilla en ese bar podía germinar en menos de 30 segundos. La hormonada que reinaba en la sala era tal que hubiera hecho las delicias del mismísimo Mendel. Cuando estaba a punto de alcanzar su destino escuchó una frase de la tiparraca alta que casi le hace dar media vuelta: “Me encanta este campamento de nabos, cuando el conejito está cerca la mocha nunca se siente sola” pero no, estaba demasiado cerca para fallar.
Rummeo se puso al lado de la moza, le tocó el hombro y cuando ella se dio la vuelta y le miró….su vida cambió de manera irremisible y para siempre.
¿Cuál es el siguiente paso a dar? Tú decides (si quieres) en la habitual encuesta de la izquierda.
A la misma Bat-hora
Con la misma Bat-señal.
No cambien de canal, aún hay más.
1 comentario:
Sin duda, Rummeo, invitela a una copa, y si es un vaso ancho mejor...tendra a la princesa bereber rendidita...y agarrela lo mas viril que pueda...
Hagame caso, se de lo que hablo
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