viernes, 21 de septiembre de 2007

Indignado

Así me siento después de pasar esta mañana por la Jefatura Provincial de Tráfico en Madrid, más conocida como “el lupanar de Arturo Soria”. Me encanta la vida del funcionario que pasa de todo menos de cabrearse desde bien entrada la mañana y tomarse sus cafés de las 9.00, las 10.00, las 11.00….Por no hablar de las instituciones públicas que derrochan sus recursos en mantenerles contentos para que los sindicatos no les sangren cual matasanos de la Edad Media. Por si alguien no capta la fina ironía, cuando digo que me encanta quiero decir que se pueden ir todos a arremangarse los pantalones a la altura de los huevos y luego soplar.

Hace dos años recibí la primera de una innumerable serie de multas de tráfico por exceso de velocidad, otro día les comentaré la gracia que me hacen los millones perdidos en los anuncios de la DGT con sus efectos especiales dignos de Star Wars, mientras las principales autopistas serían aptas para entrenar el París Dakar…joder, mi úlcera. Me estoy desviando, el caso es que cuando la recibí era más acojonado que ahora y no conocía tan bien la ineficiencia de las administraciones, con lo que cometí una locura imperdonable: pagué la multa. Lo sé, estoy muy loco pero entonces era joven y sin responsabilidades. El caso es que la multa podía derivar en una retirada del carné por un mes, retirada que sólo ha tardado estos dos años en llegarme. ¿Eficiencia? ¿Eficacia? Los días que daban esto en el colegio, los de tráfico se quedaron en casa con gripe.

Pues bien, el caso es que yo resido en Madrid aunque soy de Bilbao (estupendo porque las multas de aparcamiento jamás llegan, algo bueno tenía que tener su suma incompetencia) por lo que no tenía físicamente la denuncia pero sí el número de expediente. Así que me dirijo a la jefatura de tráfico en Madrid, de camino practico artes marciales mortales con la docena y media de subnormales que me preguntan si quiero renovar el carné de conducir o no sé qué chorradas más y por fin cojo ticket para que me atiendan. En la media hora larga que tardan en atenderme, me delito con la bella imagen de una sala atestada de gente con legañas de antesdeayer y oliendo a sudor viejo esperando mientras 3 de los 5 funcionarios disponibles (por supuesto hay 15 ventanillas, 9 vacías) están placidamente hablando sin dar al botón del turno. Pobrecitos míos que estarán cansados, ellos y su requeterreputa madre que los parió.

Cuando por fin toca mi turno, la muchachita de 50 años me comenta que en su ordenador no le sale nada, que le dé la denuncia. Le comento que no la tengo pero sí el número de expediente por si eso le sirve. Después de hacer una comprobación, la menda me mira desde detrás de unas gafas semi caídas y me escupe un “pero si no eres de aquí”. Ante tamaño premio Nóbel, no me queda más remedio que explicar de nuevo lo que ya le he dicho al presentarme, que no vivo en Madrid, que me ha llegado a Bilbao pero que ya confirmé por teléfono que podía entregar el permiso de conducir donde quisiera. Su cerebro se resetea durante unos segundos de angustioso silencio y acaba diciéndome que el País Vasco tiene competencias propias y que no puede hacerlo sin la denuncia.

En fin, que aquí me veo multado pero con carné y teniendo que lidiar con gente que no tiene ni B.U.P. Ya les contaré (con permiso de mi creciente y hambrienta ira) cual ha sido la resolución final: de momento he perdido toda la mañana, he tenido que ir en taxi a trabajar y para colmo luego tengo que volver en ese bonito aparato de torturas moderno llamado Metro de Madrid. Esto me hace pensar en la bonita frase de mi abuela: “No me jodas en el suelo habiendo cama”.

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