Esta es la noche en la que Rummeo se enfrentará al mayor de sus miedos, al más poderoso de sus archienemigos a su némesis por excelencia: el garrafón madrileño. Un nudo en el estómago atenaza a nuestro vigoroso héroe con sólo pensarlo. Pero no, debe enfrentarse al dolor para poder resurgir con más fuerza que antes, el mito del ave Fénix se hace más presente que nunca.
Lo primero es determinar el lugar, no puede enfrentarse a cualquier calidad de alcohol, si quiere conocer sus límites debe ingerir la más infecta mierda que pudieran darle. Algo que le hiciera desear arrancarse las tripas con un sacacorchos mientras le introducen una banana por el recto. La elección era tan obvia que incluso hacía daño: barrio de la Latina, discoteca Olé. Joder qué tema, desde el encargado del encerado de la puerta, un polaco con mal cariño y que no sabe hacer una O con un compás, hasta las camareras golfas con la candaja siempre a punto de miel pasando por los grupos de turco chipriotas en celo que merodean todos los fines de semana. Todo era perfecto, casi podía ver ya esas bonitas botellas llenas de un líquido fosforescente del que sabes te va a hacer evacuar un negrumen importante por la mañana, lo cual no deja de ser un tanto paradójico.
Sólo quedaba lo más importante, reclutar a las huestes de marines para que le acompañaran en tamaña empresa. No sería fácil, tenía que elegir con cuidado, dentro de la caterva de descerebrados de sus amigos, a los que pudieran aguantarle durante más tiempo bebiendo. Su identidad secreta no era un problema, la astucia y la perspicacia no abundaban dentro del grupo.
Tras mucho cavilar y sopesar los pros y los contras de cada mongolo, se decidió por un grupo con muchísimo potencial, los elegidos eran:
Niño bonito: Un infra ser con cara de ángel, ojos azules y más largo que una noche en la cama con Sara Montiel. Es el típico yerno que toda madre querría, lo que no saben es que debajo de esa carita angelical se encuentra una de las mentes más depravadas que el hombre ha conocido. Su modus operandi se basa en merodeador por las discotecas mamado como una cabra, con una cerveza en la mano y una sonrisita estúpida en los labios. Una apuesta segura para que nos cosieran a hostias en cualquier garito.
El banquero barbudo: muy duro lo de este muchacho, un tipo cambia más de atuendo que Mortadelo en carnaval. Actualmente presenta una barbaja pelirroja muy frondosa que acentúa su aspecto de doctor honoris causa. En realidad como doctor se parece más a Tristanbraker y entre sus capacidades nocturnas destacamos el mal café y el poderoso efecto secante de su verborrea, un auténtico dryer.
Chico perro: este tipo es un clásico, todo pelo en el cuerpo, unas cejas que se unen con el cuero cabelludo y una mata de rizos en las que podrías esconder una moto pequeña. De andar profundamente cansino y mirada torva. Suele llevar zancos dado su tamaño pony pocket, sin duda el más maleante de todos.
Monóculo: lo de este no tiene nombre, su apodo deriva de la ubicación de su ojo derecho, muy por debajo de la cadera y casi totalmente cerrado (por lo que a veces también le llaman “ojo pipa”). Una risita atascada suele acompañarle después de la segunda copa, en ocasiones también una pelota que bota y le habla. No te gustaría encontrártelo en un callejón oscuro.
Papel cebolla: un auténtico chico viejo, su mayor pasión es quedarse en casa el fin de semana oyendo como suena el teléfono sin cogerlo y jugando a fútbol con antiguos marginados del colegio. Su nombre clave le viene de la fina capa de pelo que de momento tapa a duras penas su cabeza. Un clásico.
El equipo de combate estaba ya plenamente formado, las evidentes taras físicas y mentales de todos ellos podían suponer un grave handicap en sus vidas cotidianas pero a la hora de salir de fiesta eran unos tipos con mucho criterio. No hubo que apuntarles tampoco con una pistola para salir, sus vacías vidas daban un vuelco cuando les llamaba Rummeo porque sabían lo que les caía encima pero a la vez ansiaban ese momento por lo impredecible que solía resultar la noche. La noche de pasión y terror comenzaba en una conocida zona de tapas y pinchos de la ciudad, obviamente una noche en la que no se llenaba el buche antes de salir, no era una noche completa. Por supuesto, la misión era robar cuantos más pinchos mejor mientras tocábamos los huevos a base de bien a los camareros pidiendo tapas que no existían o cambiando las consumiciones una vez servidas. Los chiquillos y sus chiquilladas, ya se sabe.
Todo fue más o menos lo previsto alguno del grupo, miembro de la cofradía del puño cerrado, intentó escabullirse de poner su parte del bote pero fue claramente interceptado por los policías de la pasta capitaneados por Pepel Cebolla como suele ser habitual. Una vez terminado el juego de comer más pinchos que los demás para que en proporción les saliera más barato, nos dirigimos al primer garito. La verdadera prueba daba comienzo.
El aspecto externo del bar era el típico de la gran clavada, no es que fuera nuestro estilo pero claro, Niño bonito iba ya un poco boniato y vio entrar un grupo de chavalas decentes con lo que nos arrastró al averno de la pijería noctámbula. La estrategia era muy clara, codos haciendo agujero en la barra con el brazo izquierdo de madera en el bolsillo del pantalón y el derecho en forma de garra entorno al cancarro de ron. Taconear el suelo con uno de los pies es optativo y depende mucho del equilibrio de cada cual. Si todo salía según lo previsto, podría empezar a sentir el efecto del alcohol en poco más de una hora (3 cubatas a velocidad de crucero). Mientras tanto el espectáculo era francamente dantesco, Niño bonito había lanzado al banquero barbudo dentro del grupo de pivones (al menos lo eran en la penumbra del bar): la operación Caballo de Troya daba comienzo. El tema es muy simple, la estadística manda que en todo grupo de 5 ó 6 tías despampanantes haya una aberración que les acompañe. La típica amiga mueble que cuida de las borrachas o hace compañía a las que no estén en ese momento pillándolo todo. Ese es nuestro objetivo, la idea es atacar directamente al murciélago mientras sus amigas se quedan flipadas de que no sean ellas el objeto de deseo (idea más vieja del mundo explicada a la perfección en “Una mente maravillosa”). Por supuesto todo tiene un riesgo en la vida y en este caso es que las amigas guapas aprecien de verdad a su amiga y no se inmiscuyan en el tema pensando que la lotería siempre toca a quienes creen en ella, en este caso te encontrarías en una dura encrucijada: ¿me como el chocolatito rancio ya conseguido o espero a encontrar mejor pastel? En nuestro grupo, no hay ningún tipo de duda: nos lo comemos enterito y con una sonrisa de oreja a oreja.
En esas estábamos mientras las copas entraban debidamente acunándose en el lecho de la manduca ingerida previamente. Al finalizar la primer copa, los primeros efectos no tardaron en hacerse esperar, la visión de Rummeo mejoró ostensiblemente, todo se movía a ritmo mucho menor. Su legendario oído musical alcanzaba cotas impensables para el ser humano, las canciones se agolpaban por salir de su boca, pero no, aún no era el momento de asombrar al personal. Lo más evidente fue el aumento de su atractivo personal, sin duda medio bar clavaba sus miradas en él admirando su estampa y porte en la barra.
Conteniendo a duras penas el salir a la pista de baile decidió esperar a que la caravana de los horrores con la que había salido estuviera más mamada, no fuera que alguna chispa de ingenio de los animalitos pudiera comprometer su identidad secreta.
Lo que nuestro héroe no sabía es que el segundo bar, la mítica discoteca Olé, le iba a deparar una cruel sorpresa, un nuevo enemigo hacía acto de presencia: los camareros encabronados. Joder qué fue aquello, además este en versión joven de Europa del Este con poco que perder y muchísimo mal café a esas horas de la noche.
La entrada al garito ya fue traumática, monóculo tenía el ojo más cerrado que nunca debido a las primeras copas y la risa histérica de Chico perro había contagiado a los demás. El gorila de la puerta, un polaco que cuando hablaba con tías les hacía el abrazo del oso y ni miraba a los pavos, estuvo cerca de no dejarnos entrar cuando vio a estos especimenes recién salidos del videoclip de “Thriller” acercarse al umbral del garito. Una vez más, Rummeo armado ya de su sobrenatural aura tuvo que imponer su criterio para lograr traspasar la puerta sin más problemas. Eso sí las negociaciones para rebajar el coste de la entrada fueron infructuosas, hubo que apoquinar.
Aterrizamos literalmente sobre la barra y como siempre interpelamos cariñosamente al barman femenino que nos pusiera unas consumiciones. Lo malo es que la chiquilla no tenía sentido del humor y no supo cogerle el chiste a nuestros alegres comentarios: “las he visto más rápidas en el geriátrico”, “por lo que cuesta una copa te pago el sueldo de un mes” o “ponme sólo hielo y medio y un limón exprimido con ralladura de su cáscara”. Supimos que la habíamos cagado cuando una vez pagado (un billete y 709 monedas de cobre) y sin preguntarnos nada nos puso unos chupitos mientras dibujaba media sonrisa en la cara. Alguno pensaba que había pillado pero Rummeo se olía la verdad.
Nuestro héroe sabía que si tomábamos ese bebedizo todo podría irse a la mierda, recordemos que el alcohol es la fuente de su poder pero el garrafón actúa de agente alérgico e inhibe totalmente su fuerza. Sólo mirar el color imposible de los pequeños vasitos hacía que la piel de su espalda se erizara, pero ¿qué podía hacer? Se encontraba en medio del círculo formado por sus aberrantes amigos, todos con su chupito en la mano: monóculo totalmente tuerto y sonriendo para otro lado, niño bonito con el chupito pegado a los labios y guiñándole el ojo a no se sabe quién, chico perro rascándose detrás de la oreja con el pie y listo para beber, el banquero barbudo escondiendo el vaso en la barba y por último papel cebolla contando lo que quedaba del bote y lanzando una mirada aviesa a su cartera. Todos miraban a Rummeo y al vasito que quedaba en la barra….
¿Qué debe hacer nuestro héroe? Vosotros decidís en la encuesta adjunta.
Lo primero es determinar el lugar, no puede enfrentarse a cualquier calidad de alcohol, si quiere conocer sus límites debe ingerir la más infecta mierda que pudieran darle. Algo que le hiciera desear arrancarse las tripas con un sacacorchos mientras le introducen una banana por el recto. La elección era tan obvia que incluso hacía daño: barrio de la Latina, discoteca Olé. Joder qué tema, desde el encargado del encerado de la puerta, un polaco con mal cariño y que no sabe hacer una O con un compás, hasta las camareras golfas con la candaja siempre a punto de miel pasando por los grupos de turco chipriotas en celo que merodean todos los fines de semana. Todo era perfecto, casi podía ver ya esas bonitas botellas llenas de un líquido fosforescente del que sabes te va a hacer evacuar un negrumen importante por la mañana, lo cual no deja de ser un tanto paradójico.
Sólo quedaba lo más importante, reclutar a las huestes de marines para que le acompañaran en tamaña empresa. No sería fácil, tenía que elegir con cuidado, dentro de la caterva de descerebrados de sus amigos, a los que pudieran aguantarle durante más tiempo bebiendo. Su identidad secreta no era un problema, la astucia y la perspicacia no abundaban dentro del grupo.
Tras mucho cavilar y sopesar los pros y los contras de cada mongolo, se decidió por un grupo con muchísimo potencial, los elegidos eran:
Niño bonito: Un infra ser con cara de ángel, ojos azules y más largo que una noche en la cama con Sara Montiel. Es el típico yerno que toda madre querría, lo que no saben es que debajo de esa carita angelical se encuentra una de las mentes más depravadas que el hombre ha conocido. Su modus operandi se basa en merodeador por las discotecas mamado como una cabra, con una cerveza en la mano y una sonrisita estúpida en los labios. Una apuesta segura para que nos cosieran a hostias en cualquier garito.
El banquero barbudo: muy duro lo de este muchacho, un tipo cambia más de atuendo que Mortadelo en carnaval. Actualmente presenta una barbaja pelirroja muy frondosa que acentúa su aspecto de doctor honoris causa. En realidad como doctor se parece más a Tristanbraker y entre sus capacidades nocturnas destacamos el mal café y el poderoso efecto secante de su verborrea, un auténtico dryer.
Chico perro: este tipo es un clásico, todo pelo en el cuerpo, unas cejas que se unen con el cuero cabelludo y una mata de rizos en las que podrías esconder una moto pequeña. De andar profundamente cansino y mirada torva. Suele llevar zancos dado su tamaño pony pocket, sin duda el más maleante de todos.
Monóculo: lo de este no tiene nombre, su apodo deriva de la ubicación de su ojo derecho, muy por debajo de la cadera y casi totalmente cerrado (por lo que a veces también le llaman “ojo pipa”). Una risita atascada suele acompañarle después de la segunda copa, en ocasiones también una pelota que bota y le habla. No te gustaría encontrártelo en un callejón oscuro.
Papel cebolla: un auténtico chico viejo, su mayor pasión es quedarse en casa el fin de semana oyendo como suena el teléfono sin cogerlo y jugando a fútbol con antiguos marginados del colegio. Su nombre clave le viene de la fina capa de pelo que de momento tapa a duras penas su cabeza. Un clásico.
El equipo de combate estaba ya plenamente formado, las evidentes taras físicas y mentales de todos ellos podían suponer un grave handicap en sus vidas cotidianas pero a la hora de salir de fiesta eran unos tipos con mucho criterio. No hubo que apuntarles tampoco con una pistola para salir, sus vacías vidas daban un vuelco cuando les llamaba Rummeo porque sabían lo que les caía encima pero a la vez ansiaban ese momento por lo impredecible que solía resultar la noche. La noche de pasión y terror comenzaba en una conocida zona de tapas y pinchos de la ciudad, obviamente una noche en la que no se llenaba el buche antes de salir, no era una noche completa. Por supuesto, la misión era robar cuantos más pinchos mejor mientras tocábamos los huevos a base de bien a los camareros pidiendo tapas que no existían o cambiando las consumiciones una vez servidas. Los chiquillos y sus chiquilladas, ya se sabe.
Todo fue más o menos lo previsto alguno del grupo, miembro de la cofradía del puño cerrado, intentó escabullirse de poner su parte del bote pero fue claramente interceptado por los policías de la pasta capitaneados por Pepel Cebolla como suele ser habitual. Una vez terminado el juego de comer más pinchos que los demás para que en proporción les saliera más barato, nos dirigimos al primer garito. La verdadera prueba daba comienzo.
El aspecto externo del bar era el típico de la gran clavada, no es que fuera nuestro estilo pero claro, Niño bonito iba ya un poco boniato y vio entrar un grupo de chavalas decentes con lo que nos arrastró al averno de la pijería noctámbula. La estrategia era muy clara, codos haciendo agujero en la barra con el brazo izquierdo de madera en el bolsillo del pantalón y el derecho en forma de garra entorno al cancarro de ron. Taconear el suelo con uno de los pies es optativo y depende mucho del equilibrio de cada cual. Si todo salía según lo previsto, podría empezar a sentir el efecto del alcohol en poco más de una hora (3 cubatas a velocidad de crucero). Mientras tanto el espectáculo era francamente dantesco, Niño bonito había lanzado al banquero barbudo dentro del grupo de pivones (al menos lo eran en la penumbra del bar): la operación Caballo de Troya daba comienzo. El tema es muy simple, la estadística manda que en todo grupo de 5 ó 6 tías despampanantes haya una aberración que les acompañe. La típica amiga mueble que cuida de las borrachas o hace compañía a las que no estén en ese momento pillándolo todo. Ese es nuestro objetivo, la idea es atacar directamente al murciélago mientras sus amigas se quedan flipadas de que no sean ellas el objeto de deseo (idea más vieja del mundo explicada a la perfección en “Una mente maravillosa”). Por supuesto todo tiene un riesgo en la vida y en este caso es que las amigas guapas aprecien de verdad a su amiga y no se inmiscuyan en el tema pensando que la lotería siempre toca a quienes creen en ella, en este caso te encontrarías en una dura encrucijada: ¿me como el chocolatito rancio ya conseguido o espero a encontrar mejor pastel? En nuestro grupo, no hay ningún tipo de duda: nos lo comemos enterito y con una sonrisa de oreja a oreja.
En esas estábamos mientras las copas entraban debidamente acunándose en el lecho de la manduca ingerida previamente. Al finalizar la primer copa, los primeros efectos no tardaron en hacerse esperar, la visión de Rummeo mejoró ostensiblemente, todo se movía a ritmo mucho menor. Su legendario oído musical alcanzaba cotas impensables para el ser humano, las canciones se agolpaban por salir de su boca, pero no, aún no era el momento de asombrar al personal. Lo más evidente fue el aumento de su atractivo personal, sin duda medio bar clavaba sus miradas en él admirando su estampa y porte en la barra.
Conteniendo a duras penas el salir a la pista de baile decidió esperar a que la caravana de los horrores con la que había salido estuviera más mamada, no fuera que alguna chispa de ingenio de los animalitos pudiera comprometer su identidad secreta.
Lo que nuestro héroe no sabía es que el segundo bar, la mítica discoteca Olé, le iba a deparar una cruel sorpresa, un nuevo enemigo hacía acto de presencia: los camareros encabronados. Joder qué fue aquello, además este en versión joven de Europa del Este con poco que perder y muchísimo mal café a esas horas de la noche.
La entrada al garito ya fue traumática, monóculo tenía el ojo más cerrado que nunca debido a las primeras copas y la risa histérica de Chico perro había contagiado a los demás. El gorila de la puerta, un polaco que cuando hablaba con tías les hacía el abrazo del oso y ni miraba a los pavos, estuvo cerca de no dejarnos entrar cuando vio a estos especimenes recién salidos del videoclip de “Thriller” acercarse al umbral del garito. Una vez más, Rummeo armado ya de su sobrenatural aura tuvo que imponer su criterio para lograr traspasar la puerta sin más problemas. Eso sí las negociaciones para rebajar el coste de la entrada fueron infructuosas, hubo que apoquinar.
Aterrizamos literalmente sobre la barra y como siempre interpelamos cariñosamente al barman femenino que nos pusiera unas consumiciones. Lo malo es que la chiquilla no tenía sentido del humor y no supo cogerle el chiste a nuestros alegres comentarios: “las he visto más rápidas en el geriátrico”, “por lo que cuesta una copa te pago el sueldo de un mes” o “ponme sólo hielo y medio y un limón exprimido con ralladura de su cáscara”. Supimos que la habíamos cagado cuando una vez pagado (un billete y 709 monedas de cobre) y sin preguntarnos nada nos puso unos chupitos mientras dibujaba media sonrisa en la cara. Alguno pensaba que había pillado pero Rummeo se olía la verdad.
Nuestro héroe sabía que si tomábamos ese bebedizo todo podría irse a la mierda, recordemos que el alcohol es la fuente de su poder pero el garrafón actúa de agente alérgico e inhibe totalmente su fuerza. Sólo mirar el color imposible de los pequeños vasitos hacía que la piel de su espalda se erizara, pero ¿qué podía hacer? Se encontraba en medio del círculo formado por sus aberrantes amigos, todos con su chupito en la mano: monóculo totalmente tuerto y sonriendo para otro lado, niño bonito con el chupito pegado a los labios y guiñándole el ojo a no se sabe quién, chico perro rascándose detrás de la oreja con el pie y listo para beber, el banquero barbudo escondiendo el vaso en la barba y por último papel cebolla contando lo que quedaba del bote y lanzando una mirada aviesa a su cartera. Todos miraban a Rummeo y al vasito que quedaba en la barra….
¿Qué debe hacer nuestro héroe? Vosotros decidís en la encuesta adjunta.