Yo creo que hoy te habrías reído cuando te llamara por teléfono para contártelo. Es verdad que quizás no tanto como hace algunos años dado tu reciente radicalismo en estos temas, pero aún así creo que te habría hecho bastante gracia. Esa era una de tus mejores virtudes, conseguir que siempre pareciera especial lo que te contara aunque en realidad no lo fuera en absoluto.
Acogías todas las aventuras que me pasaban en la vida como hechos sorprendentes, graciosos y en ocasiones también preocupantes. Las recibías como a las chiquilladas de los niños pequeños ante las que uno no sabe muy bien si reír o llorar pero que tú, como en casi todas las cosas, te inclinabas más por lo primero que por lo segundo. A ti se te perdonaba todo, hasta ese ligero aire de condescendencia y autosuficiencia con la que me respondías cuando yo te contaba alguna de mis desventuras. Ese tipo de defectos te hacían mucho mejor persona a mis ojos, ya que demostraban que eras un ser humano al que le costaba obrar de esa manera y no un Santo al que esa bondad le fuera innata.
Como decía, te volviste más radical o extremo en los últimos años de tu vida y eso no te hizo más feliz como tú pensabas sino al contario te hizo vivir más en lucha contigo mismo que en los años anteriores. Aún y con todo, tú seguías siendo tú, es decir, único en tu forma de ser e inasequible al desaliento cuando de ayudar a otro se tratara. No recuerdo una sola vez en la que no hicieras todo lo posible por echarme una mano, en la que me dieras la espalada o me fallaras cuando me es bien fácil recordar las veces que yo te fallé a ti. Desde luego esa era tu segunda mejor virtud, la de perdonar, la primera como antes he dicho era la de hacerte sentir importante. Hacías que todos los momentos contaran, los buenos, los malos y los intrascendentes.
Todavía me sorprendo a mi mismo pensando en lo que me vas a decir cuando te cuente tal o cual historia o en la gracia que te va a hacer la nueva frase que se me ha ocurrido, y todavía me duele como el infierno cuando me doy cuenta de que esa conversación no la tendremos más que en mi pensamiento. Es justo que sepas, sin embargo, que no me importa soportar ese dolor cotidiano cuando pienso en esas charlas que nunca tendremos y en esas risas que no volveremos a compartir. La vida te obliga a recordar muchas cosas que ni nos importan ni nos gustan así que bien vale recordarte a ti para no olvidarte, a pesar de que hacerlo suponga cada vez otro adiós, otra despedida.
Al final, todos acabamos encontrando otros oídos y otros hombros en los que llorar, reír o gritar pero ninguno ha sido ni será, tan mullido ni tan cómodo como lo era el tuyo. Las historias graciosas lo eran aún más con tu risa de fondo, aderezada a veces con alguna tos de fumador si era muy graciosa o con alguna coletilla si era más mundana. Es curioso que cuando recuerdo esas historias lo hago siempre así, contándotelas por teléfono y tú riéndote y tosiendo como un loco. Y así se van a quedar en mi recuerdo.
El mundo, al menos mi mundo, es un lugar mucho más triste y descolorido desde que tú no estás en él. El consuelo de saber con certeza que me hiciste una persona mejor o de que ya no sufriré al ver el camino que habías tomado, no es suficiente para aliviarme de tú pérdida en lo más mínimo. Habría preferido discutir más contigo e incluso soportar que nuestra amistad se enfriara después de más de 14 años, a estar como estoy ahora sin tu risa y tu ronquera al otro lado del teléfono.
Te echo mucho de menos hermano, más de lo que ya nunca sabrás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario